Cabezudo Chino
Blog de crónicas, reflexiones, ideas, literatura y retazos de la vida.
domingo, 27 de marzo de 2011
Ausente.
viernes, 5 de noviembre de 2010
Portuario.
domingo, 10 de octubre de 2010
Pueblo originario.
martes, 5 de octubre de 2010
Ojos.
Un día compré un conejo blanco, con grandes ojos rojos, que fue mi fuente de inspiración durante un buen tiempo. Pero harto de pintar ojos desde fuera de ellos, desde mi mirada lejana, decidí pintar su interior con mayores detalles.
Tomé el conejo, lo puse frente a mí y clavé mi mirada en su vista. Me acerqué tanto que el animal asustado comenzó a temblar, luego intentó escapar sacudiendo patas y cabeza mientras lo tomaba por las orejas. Lo tomé del cuello y lo apreté casi hasta asfixiarlo. Quedó inmóvil, odiándome; sintiendo mi fuerza, presintiendo su muerte. Con una mano apreté el pincel, con la otra apretaba su cuello y sus patas delanteras juntos. Mientras tanto observaba dentro de uno de sus ojos.
Y sin quererlo, en el lienzo plasmé mi propio final.
Richard Posse.
Sombra
Contacto directo con el General.
El informe ya había empezado las dos veces que lo ví. Al primero, en el informativo del mediodía, nisiquiera lo terminé de ver porque me pareció otra porquería más del canal cuatro. En el informativo central sí me enganché a mirar lo que quedaba de la nota.
En la pantalla pasaban las letras, abajo, para que se leyera lo que se escuchaba mal, pintaban de rojo cuando se escuchaba José Gervasio Artigas, las acompañaban con imágenes de pinturas y dibujos de él, de la época, de batallas, de negros, indios, gauchos y mostraban el lugar donde se escuchó su voz y a las personas que la habían registrado con un aparato que decían que deja escuchar los espíritus. Las personas eran un grupo de médiums, decían ellos, y el aparato se oía muy mal, como cuando se quiere escuchar algo que viene de muy lejos por onda corta con el ruido a fritura y la voz lejana y apagada.
Artigas decía: "Yo soy José Gervasio Artigas, estoy acá porque visito este lugar bastante seguido porque acá fue la batalla y muchos de mis soldados cayeron, y habitan estos campos mis compañeros". Esos campos quedaban al lado de una ruta, que como ya había empezado el informe me había perdido de su ubicación, pero veía que tenía al costado una cuneta y el terreno era más bajo que la ruta, había pedregullo, luego pasto húmedo y un alambrado en donde registraron su voz, se debían recostar contra éste para poder encontrar a Artigas. Parecía una entrevista al prócer, pero esta gente decía que casi siempre se repetían las mismas palabras. Se veían en la tele gauchos, negros, indios, a caballo, con lanzas, hachas, cañas, blandengues y españoles con escopetas que deben tener otro nombre.
Y contaba el General que durante su estancia en el Paraguay solamente pensaba en aquellos hombres caídos buscando libertad, y comentaba que la existencia de un alambrado allí que a él mismo le costaba cruzar era una maldad del progreso.
Estaba interesante el informe y parecía que iba a causar algún revuelo y hasta una peregrinación al lugar.
Luego sacaron del aire esa voz firme en su pronunciación que nos llegaba débilmente y escondida entre la interferencia de las ondas que pasaban entre un mundo y el otro, y habló el periodista diciendo: "cuentan estos hombres que Artigas dijo que le hubiera gustado jugar al fútbol, que va a la cancha y que está orgulloso de nuestra selección". Mientras tanto habían animado una de las pinturas que era una vista lejana y panorámica de una batalla, le habían puesto una pelota de cuero marrón a los pies del General y lo mostraban corriendo entre españoles, indios, negros y gauchos como quien los veía desde una tribuna del estadio. Ahí me enojé, perdí toda ilusión de que exisitiese un mínimo de verdad, pensé en Artigas traicionado y exiliado, en los indios expulsados, en los negros esclavizados, en los gauchos empleados de latifundistas y en todos los muertos que abonan nuestra tierra. Me llegó un mensaje de texto que me contaba que el canal doce había mostrado lo mismo, como para duplicar mi bronca.
Apagué la televisión aporteñada y porteñizada, buscando mi propio éxodo de la basura y la falta de respeto que tienen aquellos a quienes les paga el sueldo el extranjero.
De tanta indignación fue que desperté, con la duda de que hubiese sido verdad (lo que pasó, no lo que mostraron en la tele) porque el primer informe fue en un sueño a las cuatro de la madrugada y el segundo fue otro sueño a las nueve de la mañana. Y al abrir los ojos estaba más conmocionado por el haber soñado algo dos veces, en diferentes horas, que por el hecho de lo que pasaba en la televisión ya que a esa falta de profesionalismo ya estamos acostumbrados.
domingo, 5 de septiembre de 2010
Aquí y no aquí.
Mi lápida es mi identidad
que arrodillada besas.
El montículo de tierra
es el espacio que ocupa
mi féretro subterráneo.
Y quisieras abrazarme
y besarme mucho.
Y no quieres imaginar
el fétido estado de mi cuerpo.
No podrás sentir mi calor,
ni el transporte de energía,
que se generaba al roce
de nuestros labios.
Asco te daría mi aroma ahora,
que no es el de las flores
que viniste a regalarme.
No escucharás mis latidos
ni mis palabras susurradas
dulces a tus oídos,
sino el seco crujido
del cajón y de mis huesos.
Y mi agitado aliento...
piensa que está en el viento
porque aquí abajo
no hay aire, en el féretro
cerrado, hermético, al vacío.
Como vacío está mi cuerpo
de alma, de sentimiento.
Pero mi alma te ve y te ama
y mi pensamiento va contigo.
Richard J. Posse
Gárgolas.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Cuando veo una poesía.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Tiembla sueños.
martes, 31 de agosto de 2010
Nuestros árboles.
sábado, 28 de agosto de 2010
Minicuento. La humedad.
Microrelatos.
viernes, 27 de agosto de 2010
Sobre la locura.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Contigo.
Vence
martes, 24 de agosto de 2010
Se venden tristezas a buen precio.
lunes, 23 de agosto de 2010
Cortejo.
Óleo Doña Juana la Loca (1877), de Francisco Pradilla.
El Ángel Negro.
El epílogo integrado al poema que se encuentra entre comillas es de una santa de la cual ya no me acuerdo el nombre debido a que hace mucho tiempo que escribí este poema.
El ademán.
Luego de sangrientas luchas entre descendientes de romanos, celtas, anglos, sajones, normandos, bretones, pictos, escotos y otros pueblos instalados o que querían ocupar aquellas tierras marítimas, comprendieron que la convivencia era inevitable y comenzaron a establecer relaciones. Proliferaron la desconfianza y las alianzas. Los acercamientos y entendimientos también se acompañaron de traiciones. Se convivía, pero cada pueblo quería tanto protegerse como imponerse al resto.
Se debía, para los acercamientos, conocer rituales e idiomas de pueblos vecinos para mantener la cordialidad y no ofender.
Murray, alto y delgado anglo, estaba decidido a liderar más de una familia que vivía en las costas. Para ello buscó alianza sobre la montaña. Cruzó el bosque alejándose de la costa, subió la colina evitando algunos animales salvajes y llegó a la fortificación liderada por el barbado Comgaill. Con él pudo entrevistarse, mediante un intérprete local. Ya estaba instalada la noche, y entre luminarias apenas pudo ver su entorno y a quienes lo rodearon.
No llegó a ningún acuerdo, difícilmente colaborarían con él porque los celtas no tenían intenciones de expandirse a la costa sino de controlar los recursos de la tierra y el bosque, y mantenerse protegidos por su humilde pero efectiva fortificación.
Al llegar a su aldea de chozas familiares Murray envió emisarios a aldeas vecinas. Comgaill decidió asistir esperando la hospitalidad otorgada. A él lo movía la curiosidad de saber sobre los vecinos, también lo movía la desconfianza.
En la noche, se reunieron alrededor del fuego resguardándose contra una gran roca que iba calentándose. No todos se conocían personalmente. Eran treinta hombres entre jefes, representantes, intérpretes y guardias. La hoguera daba calor a la reunión que se realizó bajo un cielo despejado y una gran luna; en varias oportunidades se sobresaltaron por el choque de las olas contra las rocas o el aullido de algún lobo.
Fueron llegando, callados, desconfiados, algo soberbios, se observaban, se medían. Cuando pudieron sentir algo de confianza se saludaron con atisbos de humildad.
Murray comenzó su charla sin observar quién era quién pero sintiéndose ya jefe de todos. Alentó a los demás a unirse a él para controlar la costa bajo su mando, y avisó de su ánimo por controlar el bosque y de reunir a los pobladores jutos que habitaban pequeñas islas cercanas, los invitó a poner a sus esclavos y otras manos de obra a amurallar la costa para defenderse de los escandinavos y a repartir entre todos la recolección de la pesca.
Luego se presentaron.
Comgaill se dio cuenta de que no debía estar allí, pero ya era tarde. Era un intruso que se convertiría en enemigo sin quererlo ni buscarlo. Murray le había ofrecido dominar a sus vecinos sin siquiera haber visto bien su rostro. No lo reconoció al volverlo a tener enfrente en esta reunión. Murray se había mostrado ciego por el afán de poder, no tenía miramientos ni para sus vecinos ni para sus palabras, convencido de que era líder por naturaleza, por fuerza y por inteligencia.
Comgaill se presentó con dificultades para hablar, presentía que cualquier cosa podría pasar e intentó no ofender. Por temor se comprometió a apoyar a estos anglos, sin liderar nada pero sin someter su pueblo a Murray.
El intérprete de Comgaill habló tembloroso, presintió que su pueblo se mezclaría con aquellos invasores quienes podrían traspasar la paz de la fortificación celta.
Murray hizo un ademán que todos los anglos entendieron al instante.
Sus guardias parados contra la roca atravesaron con sus dagas los cuerpos de los cinco celtas asustados.
Comgaill cayó arrodillado sobre su sangre para morir uniendo definitivamente a los clanes anglos.
Este relato está basado en un sueño que tuve esta noche. Aún recuerdo al celta atravesado por una gran daga o pequeña espada, abriendo enormes los ojos, con su barba muy roja cayendo al suelo, y recuerdo la cara del jefe anglo observándolo.
















