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domingo, 27 de marzo de 2011

Ausente.


Me lastima perderte

me duele la muerte

sentirte ausente

perdida en el éter

y ya no tenerte

me hiere la suerte.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Portuario.

 
Es tanto
lo que extraña el navegante
que va
sacudiéndose y amacándose.
Es tanto
lo que extraña el navegante
que le da
por sarandearse, por tambalearse.
Echando tanto de menos el mar,
pateando charcos en la calle,
volviendo al muelle ya tarde,
después de salir del bar.
 
Richard J. Posse

domingo, 10 de octubre de 2010

Pueblo originario.

Indio donde anduviste
manchada de sangre está la tierra.
La que escupió el traidor Rivera
genocida y Presidente.
 
Sobre los yuyos de tu sepultura
pusieron gallegos y gringos
iglesias y santas esculturas
como le hicieron a los vikingos.
 
Indio que por el vino
de las uvas extranjeras
entregaste tu destino
a una raza traicionera.
 
Indio coloreaste la cara
de los hijos de inmigrantes,
también diste tu sangre para
que este pueblo se levante.
 
Ahora estás en el viento,
en la sangre y en la tierra.
Retumba en el pensamiento
tu alarido de guerra.
 
Richard J. Posse.

martes, 5 de octubre de 2010

Ojos.

Durante varios meses pinté ojos en cuadros que causaban curiosidad y rechazo. Los ojos observaban y perseguían a la gente. Predominaban los colores rojos, en las diferentes partes de los ojos, o en la cara de los portadores.
Un día compré un conejo blanco, con grandes ojos rojos, que fue mi fuente de inspiración durante un buen tiempo. Pero harto de pintar ojos desde fuera de ellos, desde mi mirada lejana, decidí pintar su interior con mayores detalles.
Tomé el conejo, lo puse frente a mí y clavé mi mirada en su vista. Me acerqué tanto que el animal asustado comenzó a temblar, luego intentó escapar sacudiendo patas y cabeza mientras lo tomaba por las orejas. Lo tomé del cuello y lo apreté casi hasta asfixiarlo. Quedó inmóvil, odiándome; sintiendo mi fuerza, presintiendo su muerte. Con una mano apreté el pincel, con la otra apretaba su cuello y sus patas delanteras juntos. Mientras tanto observaba dentro de uno de sus ojos.
Y sin quererlo, en el lienzo plasmé mi propio final.
 
Richard Posse.

Sombra

Si cada luz
tiene su sombra
cada vez que quedo
a oscuras hay
miles de esas criaturas.
Y a la luz fuerte o
triste penumbra
del sol, la luna, la vela
o un foco o una lámpara
están las sombras
rodeándome, a mi alrededor.
Las mías tienen alas
enormes y oscuras
en sus espaldas.
Bajo la luz del día
son anchas y emplumadas
y al salir las estrellas
les crecen torcidas púas.
Richard J. Posse

Contacto directo con el General.

El informe ya había empezado las dos veces que lo ví. Al primero, en el informativo del mediodía, nisiquiera lo terminé de ver porque me pareció otra porquería más del canal cuatro. En el informativo central sí me enganché a mirar lo que quedaba de la nota.

En la pantalla pasaban las letras, abajo, para que se leyera lo que se escuchaba mal, pintaban de rojo cuando se escuchaba José Gervasio Artigas, las acompañaban con imágenes de pinturas y dibujos de él, de la época, de batallas, de negros, indios, gauchos y mostraban el lugar donde se escuchó su voz y a las personas que la habían registrado con un aparato que decían que deja escuchar los espíritus. Las personas eran un grupo de médiums, decían ellos, y el aparato se oía muy mal, como cuando se quiere escuchar algo que viene de muy lejos por onda corta con el ruido a fritura y la voz lejana y apagada.

Artigas decía: "Yo soy José Gervasio Artigas, estoy acá porque visito este lugar bastante seguido porque acá fue la batalla y muchos de mis soldados cayeron, y habitan estos campos mis compañeros". Esos campos quedaban al lado de una ruta, que como ya había empezado el informe me había perdido de su ubicación, pero veía que tenía al costado una cuneta y el terreno era más bajo que la ruta, había pedregullo, luego pasto húmedo y un alambrado en donde registraron su voz, se debían recostar contra éste para poder encontrar a Artigas. Parecía una entrevista al prócer, pero esta gente decía que casi siempre se repetían las mismas palabras. Se veían en la tele gauchos, negros, indios, a caballo, con lanzas, hachas, cañas, blandengues y españoles con escopetas que deben tener otro nombre.

Y contaba el General que durante su estancia en el Paraguay solamente pensaba en aquellos hombres caídos buscando libertad, y comentaba que la existencia de un alambrado allí que a él mismo le costaba cruzar era una maldad del progreso.

Estaba interesante el informe y parecía que iba a causar algún revuelo y hasta una peregrinación al lugar.

Luego sacaron del aire esa voz firme en su pronunciación que nos llegaba débilmente y escondida entre la interferencia de las ondas que pasaban entre un mundo y el otro, y habló el periodista diciendo: "cuentan estos hombres que Artigas dijo que le hubiera gustado jugar al fútbol, que va a la cancha y que está orgulloso de nuestra selección". Mientras tanto habían animado una de las pinturas que era una vista lejana y panorámica de una batalla, le habían puesto una pelota de cuero marrón a los pies del General y lo mostraban corriendo entre españoles, indios, negros y gauchos como quien los veía desde una tribuna del estadio. Ahí me enojé, perdí toda ilusión de que exisitiese un mínimo de verdad, pensé en Artigas traicionado y exiliado, en los indios expulsados, en los negros esclavizados, en los gauchos empleados de latifundistas y en todos los muertos que abonan nuestra tierra. Me llegó un mensaje de texto que me contaba que el canal doce había mostrado lo mismo, como para duplicar mi bronca.

Apagué la televisión aporteñada y porteñizada, buscando mi propio éxodo de la basura y la falta de respeto que tienen aquellos a quienes les paga el sueldo el extranjero.

De tanta indignación fue que desperté, con la duda de que hubiese sido verdad (lo que pasó, no lo que mostraron en la tele) porque el primer informe fue en un sueño a las cuatro de la madrugada y el segundo fue otro sueño a las nueve de la mañana. Y al abrir los ojos estaba más conmocionado por el haber soñado algo dos veces, en diferentes horas, que por el hecho de lo que pasaba en la televisión ya que a esa falta de profesionalismo ya estamos acostumbrados.


domingo, 5 de septiembre de 2010

Aquí y no aquí.

Mi lápida es mi identidad

que arrodillada besas.

El montículo de tierra

es el espacio que ocupa

mi féretro subterráneo.

Y quisieras abrazarme

y besarme mucho.

Y no quieres imaginar

el fétido estado de mi cuerpo.

No podrás sentir mi calor,

ni el transporte de energía,

que se generaba al roce

de nuestros labios.

Asco te daría mi aroma ahora,

que no es el de las flores

que viniste a regalarme.

No escucharás mis latidos

ni mis palabras susurradas

dulces a tus oídos,

sino el seco crujido

del cajón y de mis huesos.

Y mi agitado aliento...

piensa que está en el viento

porque aquí abajo

no hay aire, en el féretro

cerrado, hermético, al vacío.

Como vacío está mi cuerpo

de alma, de sentimiento.

Pero mi alma te ve y te ama

y mi pensamiento va contigo.

Richard J. Posse

Gárgolas.

Gárgola de Notre Dame contemplando París.
 
Hay seres de almas negras
que desgarran su carne
con la misma crueldad
con la que mutilan a los servidores
del dios civilizado
del occidente romano.
Y hay aquí santos
que quedan olvidados
porque aunque vean injusticias
nunca las llegan a reparar,
no actúan porque les pesan
de tanta fe las manos.
Y a la hora de ser justos
son tan temibles como esos
seres fríos y oscuros
de instintos perversos.
 
Aquí se adoran figuras
de santos y vírgenes de yeso
que nunca se mueven.
Y sobrepasan las tragedias
a las eras, a los tiempos,
delante de sus miradas
que parecen humanas y vivas
pero están, en sus caras, pintadas.
Mientras tanto acechan en lo alto
las gárgolas petrificadas
que asustan pero no hacen nada.
Nada tan nefasto y malo
como lo que hacemos los humanos.
 
Richard J. Posse

viernes, 3 de septiembre de 2010

Cuando veo una poesía.


Cuando veo una poesía, en una página, demoro varios segundos observándola. Al principio me parece igual a todas las demás, pero por ser poesía de por sí es linda y cautivante. Espero de ella algo personal, algo propio, no por eso diferente sino impactante y atrayente; espero de ella que produzca en mí la chispa que me invite a leerla y si no andaré pasando páginas hasta encontrar la que sí me atrape, para luego seguir con otra que me parezca mejor que el resto de las del libro. Está allí la poesía que se me insinúa; la que fue escrita para mí la reconozco porque se deja encontrar y permite que detenga la mirada en ella.
Lo primero que observo atractivo es la forma de su contorno y sus partes. Más allá de lo que diga, me gusta mirar el contorno de la figura de la poesía y su distribución en el papel. Es el movimiento que van a tener mis ojos y mi pensamiento al estar sobre ella. También mis manos, porque no puedo leer si no paso los dedos por la hoja reconociendo la textura del papel y la tinta. Eso es lo que me hace apoderar del momento único de tener esa poesía en mis manos, frente a mí y luego en mi mente.
Observo las curvas de la poesía y después sus tics y manías, busco sus primeras fallas o toques personales. Si tiene palabras raras o faltas de ortografía, si hay coherencia entre palabras, neologismos, extranjerismos y otras cosas que además me hagan reconocer su personalidad. Y recién ahí me habré dado cuenta de que no perdí los anteriores segundos o que valdrán la pena los que utilizaré seguidamente.
Entonces le doy una leída completa, estudiando el terreno con los dedos y con la vista, parando y repasando los lugares que pareciera que se me escapan o que se me antoja repetirlos. A veces muevo los labios como si la estuviera leyendo en voz alta y cuando hablo no lo hago con la poesía sino conmigo mismo.
Cuando la termino de leer la miro con los ojos de quien pasó lo que pasó; y según lo que haya pasado la miro. Con ganas de saltar a la siguiente página, de buscar otra poesía o de leer denuevo la que está todavía ante mí, pienso unos segundos lo que voy a hacer.
Si la vuelvo a ver la recuerdo y la observo para revivirla o para otra vez leerla, si nuevamente me invita.
 
Richard J. Posse

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Tiembla sueños.

Con la bolsa de agua
caliente duerme mi amor
sin que la pueda abrigar yo,
ni mis hijos, ni los de ella,
ni los hijos de los dos.
No la calienta el primus
que acalora las chapas
y un ladrillo y la olla.
Mi amor tiene frío arriba
y calor abajo en los pies.
Tiembla los brazos y hombros,
se da vuelta y duerme alrevés.
 
En la mañana saldrá a trabajar
para cuidar a los hijos de ricos,
hijos ajenos sin padres
pero con dueños y cuidador.
 
Con la bolsa de agua
caliente duerme mi amor
sin que la pueda abrigar yo,
ni mi perro, ni el perro de ella,
ni los perros de los dos.
Mi amor tiene frío abajo
en el piso de tierra y
escombro picado, pisado.
Mi amor respira durmiendo
y le sale humo y vapor
de la boca calentando
la pieza de chapa, palo y cartón.
 
Richard J. Posse

martes, 31 de agosto de 2010

Nuestros árboles.

Te extraño
cuando miro alrededor
y no te veo;
sé que nos veremos
y sé que pronto
y tu energía está cerca
y de tu recuerdo
lleno mi pensamiento
como de tu calor
mi alma.
Oigo tu voz, aunque
no estés
el viento la trae,
y con él tu espíritu
viene a mí
y contra los árboles
lanza todo
el hechizo que tú
con tu belleza
usaste y me embrujaste.
El espíritu del parque
también sabe
que estás muy cerca
y aunque no te vea
estás aquí.
Ellos extrañarán
ver mi melancolía
cuando yo
ya no esté solo
y esté contigo.
 
Richard J. Posse

sábado, 28 de agosto de 2010

Minicuento. La humedad.

Gradiva descubre las ruinas antropomorfas. Salvador Dalí.
 
Cambió de ciudad buscando trabajo. Luego buscó un pueblo más tranquilo que la ciudad.
Iba manejando por la ruta y vio una casa grande y blanca con otras a su lado. Bajó del coche porque solo había un angosto sendero. Fue caminando por él pisando barro y pasto.
Las casas tenían un inmenso muro en el fondo, las luces apagadas, las ventanas cerradas, las cortinas abiertas, eran altas y con chimeneas apagadas.
Caminó en circulos. No encontró calles, ni más caminos que cruzaran aquél por el que iba. Tuvo de un lado casas y del otro muro. Miró el reloj, las dieciseis horas. La fría humedad en el aire apretaba su garganta, la humedad del piso le hacía doler los pies. No quiso volver atrás. Curiosa, y sin encontrar a nadie a quien preguntarle, caminó dos horas más. Ya estaba oscureciendo; sentía frío sobre todo por la humedad en sus pies y rostro. Iba apoyándose en el muro y observando el sendero y las casas.
De pronto su mano tocó el final de la alta pared, encontró la punta del espiral al que había entrado sin darse cuenta. Miró para arriba y luego hacia adelante. Ya estaba la luna, roja, sobre ella y sobre cientos de lápidas de mármol y cruces clavadas en el césped.
La humedad se congeló dentro de su cuerpo cuando encontró el final del camino.

Microrelatos.

Cabezas.
Caminó rápido para no perderla de vista. Lo había abandonado hacía diez minutos. Intentó ver más allá de todas las cabezas. Chocó con alguien. Otra mujer. La miró, lo miró, sonrieron. Cambió la luz del semáforo y la marea humana lo arrastró al otro lado de la calle. Sobre el cordón de la vereda cambió de rumbo. Llevaba quince minutos de soledad.
 
1917.
Comenzó la revolución; cientos de soldados corrieron frente a mí, y hacia mí. Los obreros gritaban y corrían con palos en las manos. Yo los miré sin entender el porqué de todo. La lucha era la solución para algo. Recogí una piedra y corrí con ellos hacia no se donde, buscando una solución a lo que nunca pude explicarme.
 
Gato loco.
Tuve un gato algo loco. A veces me acompañaba en mis trabajos. Mientras yo cortaba leña él limaba las uñas en los troncos. Un día el hacha escapó de mis manos pero no lo cortó.

viernes, 27 de agosto de 2010

Sobre la locura.

Toda mi vida temí a la locura. Ya, cuando tenía unos 6 años, iba a ver a una tía abuela al manicomio. En el hospital caminaban sin sentido, y tal cual zombis, personas que no tenían más vida que la que llevaban allí adentro. Con el pasar de los años sigue igual, siempre cubre su cuota de locos, el hospital. Presidio de personas que no han cometido más locura, ni error, ni delito que ver la realidad de otra forma, que ver con su propia mirada una realidad que de repente escapa a los ojos de la gente común pero existe. Tal vez sólo existe en nuestra alma o nuestra cabeza, tal vez esa sea la realidad. Las personas cuerdas, la gente sana o normal deposita allí familiares, amigos, vecinos con el fin de que sean curados. De que les vuelvan a conectar los cables que hacen cortocircuito dentro de su cabeza. O, que por la fuerza de lo que sea, se imponga en estos indefensos locos la realidad, la verdad, la vida que Dios le dio a todos los seres humanos.
A veces temo por gente que quiero, temo que estén locos cuando tienen actitudes y acciones que hacen dudar de su salud mental. Cosas que dicen o hacen que realmente no van en el mismo sentido que las de la mayoría de los seres humanos. Hechos que no concuerdan con un accionar y un pensamiento común a la sociedad normal., tienen un pensamiento diferente, están por fuera de las modas, no tienen los mismos intereses, y tienen un largo etcétera de cosas raras y desviaciones. A veces son graciosos, otras veces dan miedo. Pero son gente conocida que no creo que por pequeñeces fueran a parar a un loquero.
Yo siempre me cuido, siempre hago lo correcto. Nunca traspaso los límites, ni transgredo las normas lógicas de la convivencia con mis seres queridos y el resto de la sociedad. Calculo cada palabra, cada gesto. No me exalta ni la política, ni un partido de fútbol, ni nada.
He temido el estar loco, sí, muchas veces. Pero con los años he aprendido a no ser muy diferente a los demás y tomé un lugar, un papel en esta sociedad. He temido al pensar, cuando era más joven, en matar a mis padres, en irme de casa, en clavarme un cuchillo en la panza o tirarme delante o debajo de cualquier vehículo que pasara por no poder conseguir lo que yo quería o necesitaba en ese momento. He temido una vez cuando corrí con una piedra en la mano detrás del patrón ladrón que me dejó sin trabajo, y antes cuando le levanté la mano a un profesor. También cuando moría de celos muchas veces con mis parejas. He temido en cada discusión con mi esposa por el hecho de pensar en darle una bofetada. He temido a estar loco muchas veces, por la forma de vestirme, por mis creencias religiosas, por lo que como, por la música que escucho, por mis gustos, por mis conductas sexuales, y por un largo etcétera de pensamientos y actitudes.
Ahora tengo miedo, mucho miedo, más miedo. Yo sé que no estoy loco, y que hay algo más allá de esta realidad. Siempre creí en la existencia de los espíritus, he leído y tenido experiencias que prueban mis teorías y confirman mis creencias.
Pero ya no sé donde está el límite. Empecé por creer, luego tuve mis propias visiones, tal vez sea un sexto sentido bastante desarrollado.
He visto a la muerte, he visto morir, y muriendo, he visto gente muerta, antes y después de muerta, he visto su cuerpo muerto y su alma viva. Y también he visto muertos que no conocía antes de morirse. Ellos muchas veces me hablan, me cuentan cosas de sus vidas antes y después de muertos. Se muestran en sus formas humanas, como luces o como sombras. Golpean y mueven objetos, soplan sobre mí, sobre mi cara y mi pelo, se sientan a los pies de mi cama. Están en todas partes y viven su vida casi invisible, su existencia casi ignorada.
Estas personas me cuentan cosas que pasan y cosas que pasarán en el futuro. A veces no me dejan dormir, a veces trabajar, y a veces no me dejan estudiar con calma. Pues me buscan porque los escucho. Hay buenos, malos, algunos sufren y otros se alegran de su condición. Personas enojadas, otras arrepentidas que solo quieren ir más allá o reencarnar y habitar otro cuerpo y tener vida material nuevamente.
Tengo miedo por mí, de estar loco y de lo que ellos me puedan hacer. Tengo que seguirles el juego. A ellos y a la sociedad. Porque no estoy loco, pero sí estoy viviendo dos realidades. Y en cualquiera de las dos estoy a punto de que me condenen por apartarme y transgredir sus normas lógicas de convivencia, actitud y pensamiento. Sin pensar ellos, jamás, en lo que estoy sintiendo.
 
Richard J. Posse

miércoles, 25 de agosto de 2010

Contigo.

Cuadro hecho por Lufe Xd y publicado en http://lufeisart.blogspot.com
 
No existe el tiempo para mí
cuando estoy contigo, y mejor.
Y se que tampoco para tí;
podemos vivir sin mirar el reloj.
 
Cada instante se vuelve eterno,
cada momento se hace único,
cuando te beso es algo mágico
no existen ni cielo ni infierno.
 
Ya no quedan ni reglas ni leyes
todo vive por nuestra merced
y nos coronamos los reyes
gobernantes de nuestra piel.
 
Haces que se me haga fácil
el conquistar tu castillo,
aunque no parezca sencillo
tu resistencia es muy frágil.
 
 

Vence

Siento cómo caduca la vida
porque mi piel se lastima,
rajado encuentro mi rostro,
el espejo no guarda mi foto.
 
La carne ya no es igual,
mi existencia comienza a menguar,
próxima la fecha de vencimiento
todavía conservo el aliento.
 
Sistema autodestructivo
cuando viejo quedaré inactivo.
A todas estas torturas
ya anciano no tendré cura.
 
El fin es inevitable
y el dolor me hará madurar,
el cuerpo es vulnerable
la vida nos ha de enseñar.
 
Una colección de recuerdos
en mi mente perdurará,
aún, tú, joven te veo,
tu alma me acompañará.
 
Ya ha llegado el momento
de contar hacia atrás
adelante continúa el tiempo
llegaré a la nada inicial.
 

martes, 24 de agosto de 2010

Se venden tristezas a buen precio.

Se venden tristezas a buen precio.
Se pueden pagar en cuotas y con besos diferidos.
También se pueden permutar por caricias.
Y con un abrazo podemos cerrar un trato.
Una lágrima es pago al contado,
moneda corriente y vigente
de quien ha ganado un sueldo de sueños
con el trabajo del alma y el sudor del corazón.
 
Las tristezas no tienen garantía,
el service no existe, no hay repuestos
para un corazón que está deshecho.
 
He de quitarme estas tristezas mías
a cambio de lo que me des.
Y no acepto esa moneda devaluada
de la mirada rencorosa y el desaire.
Quiero entregarte mis tristezas
envueltas en suspiros y papel crepé.
 
Solamente cómpralas, te pueden servir.
Dáme lo que tienes, pónle tú el precio.
Pues estan las tristezas viejas y usadas
y siempre las tendrás a mano
cuando te rompan el corazón.
 
 
 
 
 

lunes, 23 de agosto de 2010

Cortejo.

Óleo Doña Juana la Loca (1877), de Francisco Pradilla.
 
Funeral negro
de caras desgarradas,
sonrisas apagadas
y lágrimas desparramadas
por mejillas pálidas.
Se escuchan las mismas
estúpidas palabras
utilizadas con tristeza
sin querer decir nada ameno
solamente por vergüenza
de terminar con el veneno
de la rabia a lo desconocido,
a Dios, al Diablo, a la naturaleza
que hacen que názcamos
con el cometido de morir.
El destino se ve en los rostros,
en las caras preocupadas.
Y hacen filas oscuras
de gentes detrás del féretro
como si de uno en uno
fueran a caer al agujero.

El Ángel Negro.

"Sentir la furia,
sentir el dolor,
tomar la sangre,
robar el alma.
No existe otra manera
en que el hombre
pueda hallar
la satisfacción"
Desgarrar la carne,
almorzar las entrañas,
cenar los sesos,
encender el fuego
con el espíritu y
usar los huesos
como a los leños.
Es la forma en la que
el Ángel Negro
se alimenta.
Y ejerce su impudicia
devastando las pieles
de aquellos fieles
al dios nunca presente
de la injusticia
con la balanza descalibrada,
los ojos vendados,
las manos frías y pesadas
y la espada oxidada.
¿Para qué ayudarnos, Dios,
si no sos humano?
Si los humanos hallamos
la satisfacción
en lo animal.
Animal que piensa,
reprime sus instintos
pero mata todo
lo que es natural.
 

El epílogo integrado al poema que se encuentra entre comillas es de una santa de la cual ya no me acuerdo el nombre debido a que hace mucho tiempo que escribí este poema.

El ademán.

En aquellos tiempos pululaban las aldeas, pequeños clanes familiares nómades que comenzaban a construir en piedra y plantar alrededor. Las murallas eran pocas pero cobijaban a aquellos que buscaban seguridad y comercio. También, en aquel tiempo, el arraigo cultural lograba reunir personas en torno a idiomas, religiones y costumbres.
Luego de sangrientas luchas entre descendientes de romanos, celtas, anglos, sajones, normandos, bretones, pictos, escotos y otros pueblos instalados o que querían ocupar aquellas tierras marítimas, comprendieron que la convivencia era inevitable y comenzaron a establecer relaciones. Proliferaron la desconfianza y las alianzas. Los acercamientos y entendimientos también se acompañaron de traiciones. Se convivía, pero cada pueblo quería tanto protegerse como imponerse al resto.
Se debía, para los acercamientos, conocer rituales e idiomas de pueblos vecinos para mantener la cordialidad y no ofender.
Murray, alto y delgado anglo, estaba decidido a liderar más de una familia que vivía en las costas. Para ello buscó alianza sobre la montaña. Cruzó el bosque alejándose de la costa, subió la colina evitando algunos animales salvajes y llegó a la fortificación liderada por el barbado Comgaill. Con él pudo entrevistarse, mediante un intérprete local. Ya estaba instalada la noche, y entre luminarias apenas pudo ver su entorno y a quienes lo rodearon.
No llegó a ningún acuerdo, difícilmente colaborarían con él porque los celtas no tenían intenciones de expandirse a la costa sino de controlar los recursos de la tierra y el bosque, y mantenerse protegidos por su humilde pero efectiva fortificación.
Al llegar a su aldea de chozas familiares Murray envió emisarios a aldeas vecinas. Comgaill decidió asistir esperando la hospitalidad otorgada. A él lo movía la curiosidad de saber sobre los vecinos, también lo movía la desconfianza.
En la noche, se reunieron alrededor del fuego resguardándose contra una gran roca que iba calentándose. No todos se conocían personalmente. Eran treinta hombres entre jefes, representantes, intérpretes y guardias. La hoguera daba calor a la reunión que se realizó bajo un cielo despejado y una gran luna; en varias oportunidades se sobresaltaron por el choque de las olas contra las rocas o el aullido de algún lobo.
Fueron llegando, callados, desconfiados, algo soberbios, se observaban, se medían. Cuando pudieron sentir algo de confianza se saludaron con atisbos de humildad.
Murray comenzó su charla sin observar quién era quién pero sintiéndose ya jefe de todos. Alentó a los demás a unirse a él para controlar la costa bajo su mando, y avisó de su ánimo por controlar el bosque y de reunir a los pobladores jutos que habitaban pequeñas islas cercanas, los invitó a poner a sus esclavos y otras manos de obra a amurallar la costa para defenderse de los escandinavos y a repartir entre todos la recolección de la pesca.
Luego se presentaron.
Comgaill se dio cuenta de que no debía estar allí, pero ya era tarde. Era un intruso que se convertiría en enemigo sin quererlo ni buscarlo. Murray le había ofrecido dominar a sus vecinos sin siquiera haber visto bien su rostro. No lo reconoció al volverlo a tener enfrente en esta reunión. Murray se había mostrado ciego por el afán de poder, no tenía miramientos ni para sus vecinos ni para sus palabras, convencido de que era líder por naturaleza, por fuerza y por inteligencia.
Comgaill se presentó con dificultades para hablar, presentía que cualquier cosa podría pasar e intentó no ofender. Por temor se comprometió a apoyar a estos anglos, sin liderar nada pero sin someter su pueblo a Murray.
El intérprete de Comgaill habló tembloroso, presintió que su pueblo se mezclaría con aquellos invasores quienes podrían traspasar la paz de la fortificación celta.
Murray hizo un ademán que todos los anglos entendieron al instante.
Sus guardias parados contra la roca atravesaron con sus dagas los cuerpos de los cinco celtas asustados.
Comgaill cayó arrodillado sobre su sangre para morir uniendo definitivamente a los clanes anglos.

Este relato está basado en un sueño que tuve esta noche. Aún recuerdo al celta atravesado por una gran daga o pequeña espada, abriendo enormes los ojos, con su barba muy roja cayendo al suelo, y recuerdo la cara del jefe anglo observándolo.